martes, 13 de noviembre de 2012

Aventuras del alemán Binkele en Colombia

ENRIQUE CORDOBA.- El verde del paisaje, el sabor del sancocho y los asados de carne; el encanto de las mujeres y el ritmo de la música; la alegría y la informalidad; y la magia de los pueblos, que son características de los países de América Latina, tambien actúan como factores que conquistan a los turistas de Europa y otros continentes. Para un italiano, un español, un alemán o un francés acostumbrados a transitar a diario por caminos, o junto a ruinas o castillos, con dos mil y más años de historia, lo que más les impresiona cuando visitan a estas jóvenes naciones, es la impresionante grandeza, entre cielo y tierra, que tienen los recursos naturales en este lado del universo. Las selvas del Amazonas, los glaciares al sur de la Tierra el Fuego, ciudades monumentales como Machu Pichu o Teotihuacan, la altura y longitud de las cordilleras, la riqueza y diversidad de la fauna y la flora; la cantidad de ríos, lagunas y cataratas como la de Iguazú, El Lago Titicaca, o el salto de El Angel, que guardan enormes recursos de agua; el mar cálido del Caribe durante todo el ano y sus playas de arena suave; y climas únicos con 360 días de sol, -como el de Mendoza, abajo del Aconcagua- ideales para cosechar el vino, son verdaderas maravillas de la naturaleza. Además de estas joyas turísticas, al viajero le sorprende la vida apacible y despreocupada de la gente, que cuando tiene hambre lanza un anzuelo al agua, para tener el pescado en el plato, sin afanes empresariales. Después que los españoles y portugueses pusieron pié en América Latina, llegaron otros europeos tras el oro de los indígenas, y más tarde vinieron otros expedicionarios con fines políticos, económicos y de investigación, o por curiosidad para conocer la contra parte que completo el mapa del mundo. A mediados del siglo XX llegó a Colombia un joven alemán que no pudo resistirse al hechizo del trópico, la belleza de las mujeres, la gastronomía, y las aventuras por las carreteras destapadas; y luego se coló en diversos círculos sociales de Bogotá, usando como puente sus conocimientos de astrología, su simpatía y un español con un acento particular. Eugenio Binkele nació cerca de Hidelberg en el centro de Alemania cerca de Eisdach donde sus habitantes juntaron ánimos para mandarlo a la escuela más grande, porque era muy estudioso. En Hamburgo entró al teatro, hizo viajes por el Mediterráneo tocando piano, y estudio química y se dedicó a la farmaceútica. Durante la II Guerra Mundial inventó remedios que probo en su cuerpo, y después padeció de una depresión cuando le bombardearon la fabrica. Entonces apareció una amiga que le aconsejó irse a Colombia a descansar y de paso le llevara un barco hasta Santa Marta. Emprendió el viaje y al acercarse a las costas colombianas quedo alucinado al ver en el fondo la majestuosidad de la Sierra Nevada, el pico montañoso más alto del mundo a la orilla del mar. Cuando llegó a la playa se enamoró del paisaje de cocoteros, de la arena y el color del agua y dijo: -¡Ah!, no, yo me quedo aquí. “Y asi comenzó la aventura de mi papá en Colombia”, relata Lina Binkele, su hija, una reconocida pintora y escultora, que talla y funde caballos a escala natural, en su taller al norte de Bogotá. Lina dice que el se quedó en Santa Marta y pidió que le mandaran de Alemania a su sobrino de quince años y un carro MG, que tenía ruedas con radio como las de las bicicletas y el bomper salido. Los dos hicieron una travesía desde Santa Marta hasta Cali, en el año 1956, con carreteras terciarias, en malas condiciones. “Mi papá sentaba al muchacho adelante con un palo para que lo orientara y le dijera por donde seguir porque la carretera estaba empantanada y encharcada, y con el palo medía la profundidad de los huecos. Si no pasaba llevaban unas tablas, las atravesaban y así llegaron a Cali”. Binkele se quedó en Cali porque se enamoró de Merceditas Baquero, una reina de belleza, que no le “paro bolas”. A pedido de otro alemán abrió un laboratorio farmaceútico en Cali, trabajó allí un tiempo y después viajó y se radicó en Bogotá. El automóvil MG fue la sensación en la capital y el imán con el que atrajo a una dama de familia cartagenera, nacida en Bocas del Toro, Panamá, que estudiaba arte en la Universidad Nacional de Bogota. -Mi mama en su juventud era la típica costeña, -afirma Lina. -Menudita, cintura de avispa, de movimientos cadenciosos y coquetísima, que a un alemán lo dejaba loco. Para mi mama, mi papá era un mundo desconocido, el otro lado, una intriga total. Agrega la escultora que “a pesar de la espontaneidad del costeño, y de lo inmediato de la vida de acá, contra un alemán organizado, creo que mi papá era mas de epistemología, porque el del desorden era mi papá y mi mamá era la persona más alemana” “Ella cocinaba y bordaba alemancísimo. Mi papá fue muy divertido porque era de esas personas que tenían tiempo para ser polifacéticos”. Eugenio Binkele fue un hombre fantasioso, no era práctico. Le gustaba comer plátano asado, morcilla y chunchullo, como el decía, porque ya estaba totalmente metido en la cultura colombiana. Al campo lo llamaba el infierno verde, con acento arrastrando las erres. Nunca salió de su asombro, del verde de Colombia”. Eso fue algo que lo marcó todo el tiempo y de acuerdo a su hija, esa fue una de las razones para quedarse en Colombia. El inmigrante alemán hizo muchas cosas en Colombia, además de la química, le gustaba la música, tocaba el piano y en la guerra tocaba acordeón. En las fotos aparece con el acordeón colgando; era muy pacifista y dado a la bohemia. Gran lector de filosofía y sicología, era de la onda jungiana, estudió la migración de las almas. La astrología le abrió puertas en Bogotá, a un alemán desconocido que con el cuento de “Cómo te llamas?. Cuándo naciste?” podía decirle a una persona algo totalmente indiscreto y quedaban de amigos. “Nunca tuvo una conversación vana, su conversación era interesante”. Binkele tuvo varias etapas en Colombia, asegura su hija “La etapa del descubrimiento, todo le era ajeno, y después la etapa que nosotros como niños percibimos, como la adaptación a un medio donde el tenía que hacer la adaptación de una cotidianidad que el llevó a cabo principalmente por el idioma. Pero lo más coqueto de él era que siempre sabía que era distinto porque de facha lo era, y aprovechaba esa diferencia para generar situaciones cómicas, y las trataba de poner a su favor, de manera que nosotros teníamos una finca y allá se desarrollaba mucho nuestra vida y le decían el gringo”. No era católico, era protestante y eso no se sabía que era. Eugenio Binkele aprovechaba todas esas circunstancias para mas bien crearse un ambiente de mágia, que él usaba mucho.